Como otras tantas veces, elijo y ejecuto como acontecimiento que merece atención e información, temas, personajes, actividades, que no son ni serán editadas para un noticiero o programa de TV, y que difícilmente consigan más de cinco líneas en los suplementos deportivos.
No siempre la agenda impuesta por el sistema, por las necesidades del mismo, por la estandarización de no molesto ni me molesto para conseguir estos insumos que después nadie* tendrá en cuenta, es la que vale o rinde, del mismo modo que no siempre hacerse el nunca visto e ir a cubrir el campeonato metropolitano de carrera de caracoles o la final de sub-70 de balero y lanzamiento de trompo con chaura corta, te legitima como gran periodista o mejor conductor.
La semana pasada, complicando el cierre y tensando demasiado la cadena de producción que significa poner un diario por debajo de su puerta, elegí como tema importante la definición del segundo ascenso al Metropolitano de básquetbol. Allá fuimos, no porque no tuviéramos otras cosas para dar, sino porque creíamos que se daba la coyuntura justa para desplegar buena información acerca de un acontecimiento que le interesa a alguna parte de la comunidad y que por razones de espacio casi siempre queda minimizado u omitido.
Marne y Ateneo de Piriápolis deben haber llevado no menos de 1.000 personas a los dos partidos y suponiendo injustamente que estaban allí casi el universo de los seguidores de Marne, seguro que no estaban ni la décima parte de los piriapolenses, ya que los dos partidos se jugaron en Montevideo y a Ateneo lo siguieron sus once jugadores capitalinos más el Mellizo Pau, el técnico, el delegado y tal vez diez personas más. Un ambientún de película, dos equipos con figuras de nivel Metropolitano y dos definiciones ajustadísimas en los últimos segundos, me entregaron la sensación de que valía la pena.
Pero todo se fue al carajo. Tantos minutos después del final del partido que Ateneo ganó en Marne como para que la mayoría de los jugadores y los jueces estuvieran en los vestuarios, -y Favio Otonello, comentarista de Radio Universal realizara una entrevista a Juan Tabaré Martínez- se armó tal terrible lío y golpiza, que sería imposible definirlo como generala, en tanto como ya fue descripto no había gente de Piriápolis, y además el primero de los muchos episodios de grotesca violencia, fue de muchos tipos, tal vez cinco, tal vez ocho, quizás más de diez, golpeando a mansalva al citado Tabaré Martínez. Imposible no meterse, aun a sabiendas de que te podías comer un par de garronazos al tratar de proteger a un tipo que seguramente ni conocieras o simplemente, y porque es un deportista, supieras apenas su nombre. Hubo otros que quisieron separar- de Marne también claro- pero la locura se instaló en el gimnasio cercano al Edificio Libertad y por espacio no menor a los diez minutos se siguieron sucediendo episodios de descarnada violencia, incluyendo una serpentina de piñazos y patadas en los pequeños vestuarios, en los que parecía que nadie podía hacer nada. No creo que la policía ya se hubiera ido cuando la siempre, absolutamente injustificada agresión, pero después hubieran necesitado media seccional para tratar de contener tanta piña y tanta corrida en la cancha, en los vestuarios y en la calle.
Si alguna vez alguien cree que ganó algo así, seguro que no fue ahora y si sucedió deberíamos rechazarlo. No fue una pavada, ni algo ignorable, y más que buscar sanciones, responsables, culpables y culpados, deberíamos repasar una vez más que las contiendas deportivas a excepción del boxeo, las artes marciales y otras yerbas, no se resuelven ni a las piñas ni con patadas voladoras. A los golpes se podrá aprender, pero seguro, seguro, no se gana. Todavía me duele haberme comido ese garrón, el del final, el de la violencia incalificable, el de la irracionalidad con bandera de hincha, el de la injusticia.
* Tomando como nadie a esa inducida masa acrítica que está esperando que lleguen las 10 para ver a Tinelli, que se saca para ver las contratapas de los suples deportivos, para ver un par de minas en bolas, que la mayoría de las veces están enteras, pero nada tienen que ver con ninguna manifestación deportiva, o que no siente vergüenza por terceros cuando en medio de un Cutcsa lleno, Petinatti le da una mano de engrudo a alguien.

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